UN REGALO PARA SANTA CLAUS

Recibe este regalo, que es tan solo una minúscula porción de todo lo que Dios nos ha dado.

Los primeros rayos de sol del 25 de diciembre permitieron ver a Santa Claus, una carta atada a un pequeño envoltorio que alguien dejó en la puerta de su casa; al abrirla, pudo leer:

Querido Santa Claus:

Por favor, no abras el paquete que encierra nuestro regalo de Navidad hasta que termines de leer estas líneas:

Hoy, como tantos años en estas fechas, siempre viví intensamente la Nochebuena y la Navidad en compañía de mis padres y hermanos, al calor de los cantos y, desde luego, con la premura de esperar concluir la cena navideña, los rezos, los primeros besos y abrazos con el calor de familia, y así quise que mis hijos vivieran como yo lo disfruté de niño.

Ahora, que es a mí a quien correspondió organizar estas fiestas, entiendo las penurias y sacrificios que todo esto encierra, pero sobre todo la felicidad que genera en los que nos rodean.

Vivo con mi familia —como tú ya lo sabes— en las intermediaciones de las laderas del Ajusco, lo que todos conocemos como “Pico del Águila”, aquí en México, y es precisamente en esa gran ciudad en la que trabajo con esmerado empeño, pero con un pobre salario que difícilmente me permite mantener a mi esposa, a mi hija y a mi hijo, ambos aun menores de edad, pero con sueños de precoces adultos.

Los días previos a estas fechas, me hicieron recorrer esta gran ciudad por muchos de sus mercados, buscando algún regalo útil y barato para mi familia,

¡Todo estaba demasiado caro! Muy poco era el dinero que podría disponer para ello y esto —te lo comento con pena— me causó profunda tristeza. ¿Qué podía hacer para llevar a mi hogar algo de aquella alegría, que corría por calles y avenidas?

Por todos los rincones que recorrí, pude ver en la mayoría de las casas, grandes y pequeñas, representaciones del divino suceso del nacimiento, con sus pastores arriando o cargando sus animales de campo; diminutos ríos, montañas, grutas, palmeras y, sin faltar muy al final, los Reyes Magos, montando cada uno su caballo, camello o elefante.

Todas las iglesias y templos se esmeraron en hacer grande el evento con sus magníficas representaciones, buscando más allá de la alegoría, una explicación del misterio que este hecho encierra, para crear humildad, conciencia y hermandad entre los hombres de todas las razas.

Los arreglos navideños llenaban calles, techos, ventanas y banquetas, con flores, guías y guirnaldas entrelazadas con diminutos focos de colores, que prenden y apagan con ritmos caprichosos, semejando estrellas cautivas, o tal vez, enjambres de cocuyos festivos que se delatan con su luz fría, o se esconden en la noche tan solo unos segundos, y todo ello, en un concierto silencioso que vibraba en el espacio y se podía escuchar más fuerte que el sonido mismo.

Las bocacalles de las principales avenidas se engalanaron con tendederos de piñatas y cometas de luces multicolores y se multiplicaba con encendidos tonos rojos y púrpuras la “Flor de Nochebuena” nacida en este país y que hoy se puede admirar en todo el mundo, como un símbolo vivo del nacimiento del Niño Dios.

Era increíble ver mi soledad en medio de los ríos de gente que caminaba presurosa en todas direcciones, cargando vistosos regalos de espectaculares moños, que encerraban con seguridad bonitos presentes para familiares y amigos; en los rostros de aquella gente brillaba la alegría que producían los villancicos, aquellos cantos que viajaban en el aire de la fría noche de invierno, con el viento gélido que nadie sentía, por el mágico calor de la Navidad.

Mi tristeza —también con dolor te digo— iba en aumento, como una cascada de reproches a la incapacidad de mi fuerza o por lo insignificante que sentí mi presente; ¿cómo esperaría mi familia la llegada del Niño Dios? … Y así, cargando el peso de esa realidad, encaminé mis pasos directo a casa, esperanzado en otro mañana con más suerte para mis deseos.

Al llegar al pie de la falda de la montaña en que se encuentra mi hogar —ya retirado de la gran ciudad—, la noche se apreciaba más oscura, nítida e intensa la luz de las estrellas en la bóveda celeste; con ese escenario, corrieron mis pensamientos hasta los primeros años de mi vida y pude recordar los mágicos cuentos de los abuelos, los que tuvieron la virtud de congregarnos al calor de una vieja estufa de hierro forjado, la que tenía más años que la suma de los que contaban todos mis hermanos juntos: !En ese instante comprendí el verdadero significado de mi búsqueda! pude ver de nuevo el cielo cuajado de milenarias ascuas de fuego, tan cercanas y distantes; esas maravillosas flores vivas que son más viejas que la humanidad misma.

¡No! No podría encontrar en la gran ciudad los regalos que cubrieran la importancia tan especial de la Nochebuena —ya tan próxima— y corrí para llegar más pronto con los míos y hacer vivo el recuerdo y los consejos que recibí de niño y que hoy, ya entrado en años, puedo ver con claridad.

Subí por las angostas veredas de la encrespada montaña del Ajusco, tan llena de pinos, oyameles, encinos y madroños, y desde las alturas pude ver de nuevo y con un eterno asombro el inmensomar de luces de todo el caserío que había dejado atrás; semejaba un maravilloso manto de filigrana con incrustadas gemas y piedras preciosas. Poco me importaba la fatiga y el frío que con invisibles navajas cortaba levemente la piel y, por el estrépito de mi alocada carrera, se espantaban a mi paso algunos mapaches, zorros y zacatuches que cruzaban mi camino.

Llegando a casa, ya me esperaba mi familia a los costados de la vieja estufa de hierro, con una taza de chocolate caliente y canela en polvo; todos querían saber las noticias que traía de mi trabajo y de la gente, de los elevados y modernos edificios, de los arreglos luminosos con que se adornan los hogares para esperar la Nochebuena.

Así, entre asombros y sorpresas por mis comentarios, les conté aquel cuento que escuché de mis abuelos, con la esperanza de que comprendieran su real significado y, aunque sé que tú también lo recuerdas, aquí te lo escribo:

EL DUENDECILLO Y LA PRINCESITA

“ …Reunidos en casa, una tarde invernal,

Estaban dos niños y su abuelito.

Los niños con voz angelical

Decían alegres al ancianito:

¡Abuelo, abuelo!, cuéntanos un cuento.

Que sea bello como el cielo,

Tan alegre como la poesía.

Y tan sutil como el cantar del viento.

¡Un cuento es la vida! 

—dijo el anciano—… si así se mira;

En él canta la alondra herida,

Ahí nunca mueren el invierno ni el verano.

Ni el otoño ni la primavera.

Había una vez, 

Un hermoso y lejano castillo

¡Parecido a aquel! Que a lo lejos ves,

Al cual llegó un solitario duendecillo.

Vagaba risueño en sus pasillos,

¡Más de pronto! Vio una niña muy hermosa.

a la que él, sorprendido, le hizo mil cariños,

Besó su frente y sus mejillas color de rosa.

Luego se alejó y, levantando su brazo,

El duende emocionado dijo…

Me voy; te dejo un beso.

El tiempo siguió pasando.

Y la otrora princesita 

Se convirtió en mujer.

Al ver nuestro amigo lo ocurrido,

Presuroso la quiso complacer.

¡Pídeme lo que deseas!

Mi princesita, mi flor de amanecer;

Pide aquello que a tu lado quieras;

Te lo puedo conceder.

El gnomo permaneció callado y ella dijo…

Quiero una estrella,

—¡Una estrella! —respondió asombrado.

¡Sí! La quiero para soñar y jugar con ella.

Una estrella me has pedido,

No me puedo yo negar.

Pero más hube querido

dos bellezas del mundo regalar,

Mas el duende entristecido,

¡Una estrella al cielo fue a cortar!,

Y cuando a la princesa la hubo ofrecido,

¡Llorando!, no la quiso aceptar.

Bien sabías que habría yo cumplido

si tú la vida me fueses a pedir,

También sabías que te la había concedido

antes de verte sufrir.

Pero ella, arrepentida,

perdón le hubo implorado

por aquella flor que encendida, 

del cielo por su culpa hubo quitado.

¡Toma, regrésala

antes de que se marchite!

De lejos me conformaré con verla,

¡Regala, pues lo que ofreciste!

El duendecillo corrió

a traer a su princesa,

aquello que una tarde vió

de incomparable y singular belleza.

¡Una hermosa flor

y un primoroso pajarillo!

con una nota que decía:

“Te lo brinda con amor…

tu amigo el duendecillo”

“Recibe los frescos y agradables aromas

de hermosas como tú, ¡las flores!

Recibe los alegres trinos,

que dulces como tú, ¡cantan las aves!

¡Nunca en tu vida pidas

aquello que sin esfuerzo quieras!

pues muchas veces suele burlarnos

trayendo amargas y crueles realidades…”

Al terminar mi narración, por el fresco y lo avanzado de la noche, mi familia se encontraba semidormida y, sin hacer más comentarios, todos se fueron a descansar; yo quedé contento, porque comprendí que también ellos entendieron el mensaje recibido.

            Los días siguientes, ya no me cargaron la angustia de aquella innecesaria búsqueda, al menos, no por aquellos objetos con los que pretendía agradar a mi familia, con sus grandes moños y vistosas envolturas, los que de manera muy significativa habrían alterado mis escasos recursos económicos. Subí a la alta cumbre que ya lucía sus nuevas capas de nieve y desde las alturas contemplé la leyenda viva del Popocatepetl y del iztaccihuatl, aquellos amantes que los dioses aztecas convirtieron en monumentales montañas nevadas para inmortalizar su amor en el tiempo; tenía el deseo de encontrar los presentes que regalaría ya dentro de muy pocas horas.

Mi caminar por aquellos lugares me llenó del perfume que la humedad desprende de las maderas de los grandes pinos llenos de escarcha, la que el viento empieza a congelar creando pequeños cristales de hielo que semejan diminutos diamantes o pedazos de sol que llenan el espacio de rayos multidireccionales.

Recorrí sus veredas, arroyos y cañadas, maravillándome de las bellezas que dejamos de apreciar por el poco tiempo que nos dedicamos para convivir dentro del mismo espacio, con todos los seres de la naturaleza, y recobrar el verdadero sentido de la hermandad; con las plantas, árboles, flores y animales; con el viento, con el agua, con las piedras, con la luz del sol y las sombras de la noche; ser parte de ellos, del polvo vivo que es nuestro cuerpo; compartir y entender el alma que cada uno encierra.

Por fin, ¡llegó la Nochebuena! Y compartimos entre rezos y cantos los sagrados alimentos, con cuentos, leyendas y anécdotas de familiares y amigos; bendecimos nuestro pequeño nacimiento y acostamos al Niño Dios en su modesto pesebre, acompañado de la Virgen María, San José y los pastores que llegaron para acompañarlo y rendirle honores.

Al día siguiente, mis hijos cantaban felices por la llegada de la Navidad y, presurosos con los primeros rayos de luz del sol, corrieron para traer el regalo que habían escondido para entregarlo en ese momento a su madre y a mí: Era un pequeño retoño de Oyamel, para que lo sembráramos frente a la puerta de la casa y con él, invitar y recibir entre sus ramas a las mariposas monarca, que tienen sus santuarios muy cerca de nuestrohogar.

Yo saqué de un lugar oculto en mi casa, una camada de zacatuches, cinco conejillos de volcán que me encontré abandonados en la entrada de la madriguera, esperando inútilmente a su madre, la que nunca regresaría porque fue capturada por unos cazadores algunas horas antes, según las huellas de las trampas colocadas para ese fin, a escasos metros del lugar.

Mis hijos, al verlos, sintieron el deber de atenderlos y compartir con ellos el calor de hogar y de familia, de un hogar y una familia que sin saber  los pequeños zacatuches habían perdido.

Para mi esposa; coloqué en un cesto de varas de mimbre, un collar y una pulsera que mis manos hilaron con las más bonitas cuentas de pedernal y obsidiana que me regalaron los arroyos que descienden del volcán, los que en su deseo de ver al sol,  afloraron con ríos de fuego mucho tiempo antes que la llegada de nuestros ancestros a estas tierras.

Mi esposa nos regaló unos polluelos de alondra y reyesuelo que también había tomado a su cuidado, cuando unos mapaches destruyeron su nido; hoy esas pequeñas crías aumentan la alegría de nuestro hogar con sus primeros cantos.

Ahora, querido Santa Claus, podrás ver nuestro regalo envuelto en hojas de maíz, la planta que simboliza la carne de esta bendita tierra; encontrarás algunas hojas de madroño, Oyamel y encino, con bellotas de los grandes pinos, que los arroyos arrastraron desde los santuarios, y que todos pudimos cortar de un cristal de hielo, perfectamente embalados, así, como los dejó dormidos la interminable noche de la vida, con las primeras aguas de un crudo invierno.

¡Sí! Sé que te estás preguntando: ¿Cómo hicimos llegar nuestro presente hasta las puertas de tu hogar? Dejamos nuestro regalo en el techo de esta casa y fue la magia de la Navidad la que la llevó hasta tus manos.

Recibe este regalo, que es tan solo una minúscula porción de todo lo que Dios nos ha dado.

Arturo Antonio Torres Muñoz

JOSEFO

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